EL TESTAMENTO DE ORFEO




Sentado en una terraza de la Plaza Julián Romea,
Martín Orfeo disfruta del sabor de su cerveza
en tanto que se deja llevar por el sopor de sus pensamientos.
Piensa en los muchos y buenos poetas
que ha dado esta maldita Región de Murcia,
en los que se conocen y son grandes
y editan en Tusquets, en Visor, en Renacimiento,
pero también en aquellos cuya obra
permanece en el silencio, por ser de provincia
o por no gozar del favor de los mandarines
o porque su poesía no está de moda.

Escribir en Murcia tiene sus riesgos.

Tiembla la cerveza en el vaso, lírica, nerviosa,
y los pensamientos se pierden
en las líneas neoclásicas del Teatro Romea.
Orfeo piensa en el suicidio asistido del verso
y escribe en una servilleta arrugada
en medidos octosílabos:

Poetas, no prolonguéis
más la agonía del verso,
si el poema no florece
y se seca con el tiempo,
recurrid a la eutanasia,
la muerte digna del verso
que nunca debió haber
nacido..., no demoremos
más su retorno al silencio.


El derecho del verso a una muerte digna.

El silencio es la sangre del poeta,
su único testamento verdadero,
la agonía perpetua e invisible
de la que hablaba Aragón se hace verso
que reclama la ausencia de carne,
y el poeta, fantasma desnudo, abre sus venas
para ofrecernos su propio vacío.

Murcia, tierra árida y deshidratada,
tierra que conoce como ninguna otra
la cirugía y la mesa de operaciones,
acoge en tu cálido vientre a tus poetas
y haz de tu digestión, como siempre,
un testamento de olvido y ceniza.


Es mediodía
y el sol es un incendio en la Plaza Julián Romea,
la cerveza se calienta, los pensamientos se enfrían…
.

Y una triste y manida servilleta de papel es arrojada a la papelera.
.
(Joaquín Piqueras, Orfeo desafinado, poemario
finalista del VII Premio Internacional de Poesía León Felipe)