EL DEMIURGO IMPERFECTO I

Un relato inédito de Joaquín Piqueras que se irá publicando por entregas. Este relato fue finalista en el Premio María Guirado de Creación Literaria 2008.

.
.....Cada vez que Salvador Ortega leía una novela pensaba que el narrador por muy omnisciente que fuera jamás podría conocer perfectamente a sus personajes, siempre había vericuetos, grietas por las que se escapaban con total impunidad aspectos importantes sobre sus personalidades, motivaciones que activaban el muelle de sus conciencias y aún así gustaba de escoger para sus relatos – Salvador Ortega además de ser profesor de Filosofía en un importante I.E.S. de Cartagena, Murcia, tenía como auténtica vocación el ser escritor, o al menos así gustaba de definirse – a un narrador omnisciente con la esperanza puesta en que conociendo a fondo a sus personajes algún día se conocería a sí mismo. Así que Salvador emprendió la siempre inigualable gesta de la creación de una novela ejemplar con la primera y firme decisión de elegir de nuevo para su relato un narrador omnisciente.

.....El profesor Ortega, que había elegido Ética de 4º de ESO, en vez de los primeros o segundos de Bachillerato, que le gustaban más, pero que le hurtaban un precioso tiempo que era necesario e ineludible para la creación de su magna obra, por fin podría utilizar todo su arsenal lingüístico y sapiencial al servicio de lo que para él era su razón de ser en este mundo. Nuestro filósofo – permítanme, avezados lectores, la licencia de utilizar el determinante posesivo para dotar de una mayor implicación y confianza a este nuestro personaje y así evitar los posibles riesgos que siempre entraña la omnisciencia- gustaba de citar a sus maestros y, sin duda, una de sus citas favoritas se la debía al gran Sócrates, que por no haber dejado nada escrito no contaba con el beneplácito del abnegado profesor de Ética, pero sí con su saber incandescente: “La filosofía es la búsqueda de la verdad como medida de lo que el hombre debe hacer y como norma para su conducta”. En esta profunda cita de “el que sólo sabía que no sabía nada” y del que Ortega había heredado la agudeza de sus razonamientos, su extraordinaria facilidad para la incontinencia verbal, además de su fealdad física, gustaba cambiar la palabra “filosofía” por la de “literatura” y aunque sabía que la búsqueda de la verdad es labor imposible, también comprendía, como buen cervantino, que la verdad siempre es relativa.
Después de la omnisciencia, pensaba el gran Ortega que la segunda decisión importante era la verdad, que no la verosimilitud, de sus personajes y asimismo advirtió que quién mejor en que inspirarse que en él mismo y su peripecia personal: aventuras amorosas; aventuras etílicas, ya que como todo buen escritor bohemio, “usaba y abusaba de los alcoholes” – en concreto del Pacharán y de vez en cuando del garrafón con Cola-; aventuras anónimas que crepitaban en su mente como la encendida hojarasca de los sueños perdidos. Y luego estaban sus aventuras en el instituto, escuela de personajes, de actores que no hacía falta que interpretaran su papel, porque no eran conscientes de que la vida es un gran teatro y que ellos la vivían simplemente con la convicción de que la única verdad que existía eran sus propias experiencias personales, sus pequeños objetivos, sus bellos cuerpos adolescentes, en los que la vida era vida y no pura supervivencia. Según Karl Jaspers, en filosofía “son más esenciales las preguntas que las respuestas”, pero Salvador Ortega pensaba que en la literatura lo importante eran las respuestas y éstas estaban ahí, en el deliberado juego perpetuo de la candencia y la cadencia de la vida de estos pequeños grandes personajes. Entre la ceniza y el lodo de la vida, como pequeños efebos o diminutas nínfulas, bellas “electras”, a las que “sí les sentaba bien el luto”, surgían estos personajes desnudos las más de las veces de personalidad, pero rodeados siempre de un antojo de plenitud.

........Decía Hermann Hesse: “¡Qué extraño es vagar en la niebla!”, jamás se ha definido mejor el “solitario vicio” de escribir. A Salvador Ortega, apodado por sus alumnos “el merluza” por ser en todo bar conocido “del uno al otro confín”, hallado muchas veces en estado lamentable de esponjosa embriaguez, tal y como Rubén Darío encontrara a su admirado Verlaine en su famoso primer encuentro, pero sin decir “merde encore”, pues nuestro escritor había estudiado siempre, por su amor a la literatura norteamericana, inglés como primer y único idioma, le gustaba una alumna, una especie de “lolita” que hubiera hecho palidecer al mismísimo profesor Humbert, rubia, de estatura mediana, de una belleza que revelaba la plenitud de las flores abiertas en los espejos de los pensamientos más impuros. Sus ojos eran auténticas trampas afines al perfecto sol de nuestros deseos – pido perdón por el nuevo uso del posesivo- y aunque la diferencia de edad era significativa (unos veinticinco años), el veneno y el venero de la y por la escritura se ceñían entrañablemente a las líneas nebulosas de su novela.
.
(continuará...)